Si queremos que los estudiantes piensen, debemos dejar de hacerles preguntas o de realizar actividades que no les obliguen a pensar.
Muchas veces decimos que queremos desarrollar el pensamiento de los estudiantes y al mismo tiempo, les pedimos que copien, definan, enumeren, describan o respondan preguntas cuya respuesta ya aparece en el libro. Entonces nos sorprendemos de que no piensen. El pensamiento se desarrolla provocándolo.
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Cuando diseñamos experiencias de aprendizaje debemos decidir qué queremos que haga el estudiante en un tema específico, qué tipo de pensamiento debe usar, porque cada vez que un estudiante debe elegir, priorizar, justificar, relacionar o defender una idea, está pensando.
Por eso, una estrategia sencilla consiste en sustituir preguntas cerradas por retos como: ¿Cuál es la mejor solución y por qué? ¿Qué evidencia sustenta tu conclusión? ¿Qué alternativa descartaste? ¿Qué cambiarías si apareciera nueva información? ¿Quién podría estar en desacuerdo contigo? La demanda cognitiva es diferente.
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